Según la tradición, la campana de la ermita de Santa Engracia de Aizarna, Zestoa, la subió un carnero
Sabido es que muchas ermitas desaparecieron aquí a finales del siglo XVIII por cuestiones políticas y económicas, aunque también argumentos como la indecencia y la profanación fueron a veces esgrimidos para su derribo o su reconversión en caseríos. La resistencia de los barrios afectados consistió en primer lugar en tratar de mantenerlas, aunque en última instancia se solicitaba –y en ocasiones se lograba– salvar las campanas para colocarlas en viviendas cercanas. Y es que eran de suma importancia para la comunicación de la vecindad. Antxon Agirre Sorondo escribió que actualmente la campana más antigua del territorio, de 1520, se encuentra en Oñati, aunque también especuló con la posibilidad de que una de Altza fuera aún más vieja, ya que figura en ella una inscripción que, al parecer, hace referencia a 1299. Pero el donostiarra no las tenía todas consigo para lanzar con rotundidad tal hipótesis. Durante siglos, el del maestro campanero fue entre nosotros un oficio de prestigio.
R. M. Azkue apuntó en Zeanuri de un veterano carlista el dicho –por otra parte bastante extendido– de que allá donde sonaran las campanas no entrarían los liberales. Pronóstico que no siempre se cumplía, que se lo digan a los franciscanos de Arantzazu, que vieron arrasado el santuario en 1834. Aunque también es cierto que fueron los carlistas los que recogieron las campanas entre aquellas ruinas para tratar de fundirlas y convertirlas en cañones. Así denominaban los juaristas a este acto en las trifulcas de México del S. XIX: bajar las campanas. En la Gipuzkoa del S. XXI también les ha dado a algunos por bajar las campanas, aunque no precisamente para fabricar cañones. Es curioso: relató el citado Agirre Sorondo que, según la tradición, la campana de la ermita de Santa Engracia de Aizarna, Zestoa, la subió un carnero desde el caserío Apategi. Siglos más tarde han sido unos cabrones los que han bajado la campana de la ermita de San Lorenzo de la misma localidad. Unos verdaderos cabrones.




